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Por Gustavo Thompson.
Cada vez que ocurre un episodio de violencia, desorden o comportamiento antisocial en Villa Mercedes, suele aparecer una interpretación automática: la inseguridad, el miedo o la falta de control.
Sin embargo, cuando uno observa detenidamente las conversaciones que se generan en las redes sociales, descubre algo distinto.
La emoción predominante no parece ser el miedo.
Lo que aparece una y otra vez es la vergüenza.
Vergüenza ajena.
Vergüenza de ver cómo unos pocos empañan la imagen de una ciudad que durante décadas construyó una identidad asociada al trabajo, al esfuerzo y a la convivencia.
Los comentarios que surgen frente a episodios de violencia juvenil, disturbios o comportamientos irresponsables no reflejan tanto una sociedad aterrorizada como una sociedad decepcionada.
Los vecinos no expresan mayoritariamente temor por sus vidas; expresan cansancio, indignación y frustración por sentir que determinadas conductas degradan la convivencia y dañan la imagen colectiva.
Detrás de expresiones duras, de críticas exageradas e incluso de reacciones emocionales propias de las redes sociales, aparece una necesidad profunda: recuperar el orden, el respeto y la posibilidad de compartir los espacios públicos sin conflictos innecesarios.
Lo que duele no es solamente la pelea.
Lo que duele es sentir que Villa Mercedes merece algo mejor.
La ciudad no parece debatirse entre el miedo y la tranquilidad.
El verdadero conflicto emocional parece estar en otro lugar.
Existe una tensión entre la ciudad que muchos mercedinos creen que son y la ciudad que observan en determinadas situaciones.
Por un lado está la Villa Mercedes trabajadora, productiva, emprendedora, solidaria y orgullosa de su identidad.
Por el otro aparecen episodios que generan la sensación de retroceso, de falta de límites o de deterioro de las normas básicas de convivencia.
Y allí emerge una emoción silenciosa pero poderosa: el deseo de mejorar.
Porque quien ya se resignó deja de protestar.
Quien perdió toda esperanza se vuelve indiferente.
Pero cuando una comunidad se indigna, cuando siente vergüenza por determinadas conductas y cuando reclama mejores comportamientos, en realidad está expresando una expectativa más alta sobre sí misma.
Villa Mercedes no parece una ciudad resignada, al contrario, mide emociones, entiende y comprende y va por más.
No es una ciudad dominada por el miedo.
Parece una ciudad que conserva orgullo por lo que es, que valora profundamente la convivencia y que todavía cree que puede ser mejor.
Quizás por eso las discusiones más intensas no giran únicamente alrededor de la política o de la economía.
En el fondo, muchas conversaciones terminan hablando de algo más profundo: qué tipo de ciudad queremos ser.
Y tal vez allí se encuentre una de las claves emocionales más importantes del presente mercedino.
No es el miedo el que domina.
Es la vergüenza cuando algunos la hacen quedar mal.
Y es la esperanza de que la enorme mayoría de los vecinos siga construyendo una ciudad a la altura de lo que siente que merece.