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Por Gustavo Thompson.
Del agotamiento de la grieta emerge una nueva narrativa, de las mentes analógicas a las digitales: la política ya no se define por banderas partidarias, sino por la capacidad de representar el sentir profundo de una sociedad que busca sanar.
Hay procesos históricos que no anuncian su llegada con leyes ni reformas, sino con algo mucho más sutil: un cambio en el clima emocional de la sociedad. Argentina parece estar atravesando ese punto de inflexión y algunos no lo visualizan aún. Y si hay una hipótesis que empieza a tomar forma —todavía incómoda para muchos— es que en 2027 no se votarán ideologías. Se votarán emocionalidades.
No es una afirmación caprichosa. Es la consecuencia directa de un desgaste prolongado. Durante años, el país fue empujado a elegir entre polos que prometían soluciones estructurales, pero que terminaron exhibiendo, en mayor o menor medida, las mismas falencias: corrupción, desconexión con la realidad cotidiana y una narrativa basada en la confrontación permanente.
Hoy, tanto el universo de Javier Milei como el del kirchnerismo arrastran cuestionamientos que ya no se discuten solo en términos políticos, sino morales. Y a nivel provincial, la tensión entre Alberto Rodríguez Saá y Claudio Poggi reproduce esa misma lógica de polarización que, lejos de ordenar, empieza a saturar.
La grieta ya no organiza. La grieta agota, se les termina el verso.
Y cuando un sistema se agota, lo que aparece no es necesariamente una nueva ideología, sino una nueva necesidad. En este caso, una necesidad profundamente humana: volver a creer, volver a confiar, volver a sentir que alguien representa algo más que un interés de poder.
La tercera Argentina: del debate ideológico al territorio emocional
En ese contexto comienza a insinuarse lo que algunos ya llaman, con prudencia pero con convicción, una “tercera Argentina”. No como espacio partidario —al menos por ahora— sino como territorio simbólico.
Un territorio donde la discusión deja de ser quién tiene razón y pasa a ser quién conecta.
Donde el liderazgo no se mide solo en votos, sino en empatía, cercanía y coherencia emocional.
Es aquí donde la política empieza a cruzarse con conceptos como la Ventana de Overton: ideas que antes parecían ajenas al campo político —como la sanación social, los valores, el diálogo sin confrontación— comienzan a instalarse lentamente en la agenda.
No como consigna. Como necesidad.
San Luis: dos realidades, un mismo síntoma
Cuando esta mirada se baja al territorio, el contraste es revelador.
En San Luis capital, la tensión política entre sectores no da tregua. La interna entre albertismo y poggismo hierve, se retroalimenta, se expone. Es la expresión más visible de una lógica que necesita del conflicto para sostenerse.
Pero a pocos kilómetros, en Villa Mercedes, el escenario es otro.
No porque no haya diferencias. Sino porque la forma de procesarlas es distinta.
Allí, bajo el liderazgo de Maximiliano Frontera, se observa un fenómeno que no encaja del todo en las categorías tradicionales. Existe un acompañamiento institucional a la gestión de Poggi, sí. Pero no se traduce en una subordinación política rígida. Cada espacio conserva su identidad, su estructura, su lógica.
Y, sin embargo, no hay guerra.
Hay otra cosa.
El liderazgo que interpela desde lo humano
Lo que diferencia a Frontera no es solo su posicionamiento político, sino su impronta. En un contexto donde la política suele exhibirse desde la ostentación o la confrontación, su figura aparece asociada a valores distintos:
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Cercanía real con la gente
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Lenguaje directo, sin artificios
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Bajo nivel de exposición conflictiva
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Capacidad de ser percibido como “uno más”
No es menor. En tiempos de desconfianza generalizada, ser percibido como igual es una forma de poder mucho más potente que cualquier estructura partidaria.
Y ahí está la clave: mientras la política tradicional sigue discutiendo poder, empiezan a emerger liderazgos que construyen desde el vínculo emocional.
Del voto racional al voto emocional
Durante décadas se instaló la idea de que el voto era, esencialmente, un acto racional. Que el ciudadano evaluaba propuestas, comparaba modelos y elegía en función de intereses objetivos.
Hoy esa idea cruje.
No porque la razón haya desaparecido, sino porque quedó subordinada a algo más profundo: la emoción.
La gente no vota solo lo que le conviene.
Vota lo que le genera esperanza.
Vota lo que le transmite cercanía.
Vota lo que siente verdadero.
Y en ese terreno, las estructuras tradicionales corren con desventaja.
El tiempo que viene
Si esta tendencia se consolida, 2027 no será una elección más. Será, posiblemente, un cambio de paradigma.
No se tratará de quién representa mejor a la derecha o a la izquierda.
Se tratará de quién logra interpretar mejor el estado emocional de una sociedad herida.
La política, tal como la conocimos, puede seguir existiendo.
Pero ya no alcanzará.
Porque cuando una sociedad empieza a buscar sentido antes que ideología,
los liderazgos que no logran conectar, quedan afuera de la historia.
Y en ese escenario, la Argentina no está girando hacia un nuevo partido.
Está empezando a abrirse hacia una nueva forma de representación.
Más humana.
Más cercana.
Y, sobre todo, más verdadera como actual los analógicos (octogenarios) no pueden ofrecer alternativas en tiempo digital.