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Por Gustavo Thompson.
Hay fenómenos que no se explican desde la política tradicional.
Se explican desde lo que la política ya no logra contener.
La irrupción de Dante Gebel en la escena pública argentina, con presencia en medios de alta audiencia y una conversación que crece sin necesidad de confrontación, empieza a revelar algo más profundo que una posible candidatura: pone en evidencia un cambio de época.
Porque lo que incomoda no es solo su figura.
Lo que incomoda es lo que representa.
En los últimos días, su aparición en espacios mediáticos de alto alcance no pasó desapercibida. Pero más allá de lo que dijo —y de las interpretaciones que se hicieron— lo que quedó en evidencia fue la reacción del sistema político. Tanto sectores de la derecha como de la izquierda comenzaron a mostrar una inquietud que, por momentos, se expresó en lecturas forzadas, fragmentadas o directamente sacadas de contexto de sus reflexiones. No es la primera vez que ocurre frente a una figura que no encaja, pero en este caso la reacción parece más defensiva que analítica.
Porque Gebel no entra en la lógica clásica.
No confronta, no polariza, no divide.
Y eso, en la Argentina actual, es disruptivo.
Durante años, el sistema político argentino se estructuró sobre un eje claro: la confrontación permanente. La derecha construyó identidad desde el orden, la ruptura y la crítica al Estado. La izquierda, desde la resistencia, la ampliación de derechos y la disputa simbólica. Ambas lógicas, con matices, funcionaron durante un tiempo. Pero hoy muestran signos de agotamiento.
No porque hayan desaparecido.
Sino porque dejaron de interpelar con la misma eficacia.
La sociedad cambió más rápido que la política.
El ciudadano argentino de hoy no es el mismo de hace veinte años.
No se informa igual, no decide igual, no siente igual.
Está atravesado por:
-
incertidumbre económica
-
fatiga del conflicto
-
desconfianza estructural
Y frente a eso, la política tradicional sigue ofreciendo, muchas veces, más de lo mismo:
discursos duros, posiciones cerradas, identidades rígidas.
En ese contexto, aparece una figura que habla de otra cosa.
Gebel no propone desde el conflicto.
Propone desde el vínculo.
No interpela desde la ideología.
Interpela desde la experiencia.
No construye desde la división.
Construye desde la identificación emocional.
Y ahí es donde empieza a tomar forma algo distinto.
No se trata, necesariamente, del nacimiento de una “tercera fuerza” en términos clásicos.
Se trata del surgimiento de una tercera sensibilidad.
Una sensibilidad que no se reconoce en los extremos, que no encuentra respuestas en las estructuras tradicionales y que empieza a valorar otras dimensiones del liderazgo: la empatía, el diálogo, la capacidad de escuchar, la construcción de sentido.
La reacción de los espacios tradicionales, en ese marco, es casi lógica.
Cuando un fenómeno no se puede encasillar, se intenta deslegitimar.
Cuando no se puede confrontar en el terreno habitual, se lo fuerza a ese terreno.
Pero eso, lejos de debilitarlo, puede terminar fortaleciéndolo.
Porque el votante que empieza a mirar hacia ese tipo de liderazgo no lo hace buscando una nueva grieta.
Lo hace buscando salir de ella.
Hablar del “ocaso” de la derecha o de la izquierda puede ser apresurado en términos estructurales, pero sí es evidente que ambas expresiones atraviesan una crisis de representación en determinados sectores de la sociedad. Una crisis que no se resuelve con más intensidad en el mismo discurso, sino con una revisión más profunda de cómo se construye el vínculo con la ciudadanía.
Y en ese vacío relativo es donde figuras como Gebel encuentran espacio.
No porque lo hayan construido desde la política,
sino justamente porque vienen de otro lugar.
Lo que hoy aparece no es solo un nombre.
Es una señal.
Una señal de que la Argentina está buscando otra forma de hablarse a sí misma.
Menos desde la confrontación, más desde el encuentro.
Menos desde la certeza ideológica, más desde la necesidad de sentido.
Si ese fenómeno se consolidará o no, es otra discusión.
Pero lo que ya no puede negarse es que algo se está moviendo.
Y cuando la política no logra interpretar ese movimiento,
otros empiezan a ocupar ese espacio.
En ese escenario, Dante Gebel no es solo una figura mediática.
Empieza a convertirse en un síntoma.
El síntoma de una sociedad que, cansada de elegir entre extremos,
empieza a buscar algo distinto.
Algo que todavía no tiene nombre definitivo.
Pero que ya tiene presencia.
Y, sobre todo, tiene audiencia.